martes, 28 de mayo de 2013

Robert Greene. Las 48 leyes del poder






Sin duda el libro escrito por Robert Green es, cuanto menos, curioso. "Las 48 leyes del poder" podría compararse con el Anillo de Poder de la película "El Señor de los Anillos", si le prendiéramos fuego aparecería la siguiente inscripción:

"Un Libro para gobernarlos a todos, un Libro para encontrarlos,
un Libro para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas".

¡Los que habéis visto la peli sabréis de que hablo! Yo personalmente no he jugado a ser pirómano y simplemente lo he leído. En mi humilde opinión, si cualquier persona cumpliera las leyes no podría ni mear sentado... me explico: las leyes podrían hacerte alcanzar el poder pero a costa de no tener amigos de verdad, jamás podrías mostrar tu verdadero "yo" y andarías todo el día conspirando contra todo el mundo. 

¿¿¿Y por qué recomiendo este libro???

Pues porque de todo se aprende. Aunque vosotros no utilicéis ninguna de estas leyes hay personas que sí y saberlas será vuestro mecanismo para defenderos de ellas. Además del contenido, a mi parecer el libro está muy bien escrito y tiene infinidad de anécdotas de personajes históricos muy interesantes y en algunos casos muy divertidas. Aquí os dejo un par de ellas para que os animéis a leerlo:



LEY Nº 11: HAY QUE HACER QUE LA GENTE DEPENDA DE USTED.

Luis XI (1423-1483), el gran Rey Araña de Francia, tenía debilidad por la astrología. Había en su corte un astrólogo, al que admiraba mucho... hasta que un día le predijo que una de las damas de la corte moriría en el lapso de ocho días. Cuando la profecía se cumplió, Luis XI se sintió aterrado, pues reflexionó que, o bien el astrólogo había asesinado a la mujer para probar la exactitud de su profecía, o era tan versado en su ciencia que sus poderes constituían una amenaza para el propio rey. Cualquiera fuera el caso, merecía la muerte.

Una tarde Luis XI llamó al astrólogo a su habitación, ubicada en lo alto del castillo. Antes de que el hombre llegara, el rey indicó a sus sirvientes que, cuando él diera la señal, debían apresar al astrólogo, llevarlo hasta la ventana y arrojarlo al vacío.

El astrólogo llegó a los aposentos del rey, pero antes de dar la señal Luis XI resolvió formularle una última pregunta: "Usted afirma entender de astrología y conocer el destino de los demás, así que dígame cuál será su destino y cuánto tiempo de vida le queda."

"Moriré exactamente tres días antes que Su Majestad", respondió el astrólogo. El rey nunca dio la señal a sus siervos. Perdonó la vida al astrólogo y no sólo lo protegió durante toda su vida, sino que lo colmó de obsequios y lo hizo atender por los mejores médicos de la corte.

Éste es el modelo: Haga que otros dependan de usted. Como deshacerse de usted podría producir un desastre, e incluso la muerte, su amo no se atreverá a tentar al destino.


LEY Nº 9: GANE A TRAVÉS DE SUS ACCIONES, NUNCA POR MEDIO DE SUS ARGUMENTOS.

Sir Christopher Wren fue la versión inglesa del hombre renacentista. Había logrado dominar las ciencias matemáticas, la astronomía, la física y la fisiología. Sin embargo, durante su larga carrera como el más celebrado arquitecto de Gran Bretaña, muchas veces sus clientes le pidieron que introdujera en sus diseños cambios contraproducentes o impracticables. Wren siempre evitó toda discusión u ofensa. Tenía otras formas de demostrar qué era lo correcto.

En 1688 Wren diseñó un magnífico edificio para el ayuntamiento de la ciudad de Westminster. Sin embargo, el alcalde no quedó satisfecho con el diseño; le dijo a Wren que temía que la planta alta no fuera segura y pudiera derrumbarse sobre su oficina, ubicada en la planta baja. Exigió que Wren agregara dos columnas de piedra para reforzar el apoyo. Wren, que era un ingeniero consumado, sabía que aquellas columnas no cumplirían propósito alguno y que los temores del alcalde carecían de fundamento. Pero, a pesar de ello, construyó las dos columnas y el alcalde quedó muy contento. Sólo muchos años después, unos obreros, subidos a un andamio para realizar trabajos de mantenimiento, vieron que las columnas terminaban justo debajo del cielo raso.

Eran columnas falsas. Pero los dos hombres obtuvieron lo que querían: el alcalde se quedó tranquilo, y Wren sabía que la posteridad comprendería que su diseño original funcionaba y que las columnas eran superfluas.
 

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